MONTAÑA RUSA

diciembre 01, 2017 Orfeo 0 Opiniones

Malditos sentimientos, ¡quién los comprendiera!

son como un cuadro abstracto que no puede entenderlos cualquiera.

Muchos dicen saber quién soy tan sólo con verme

‎y yo llevo toda una vida intentando conocerme.

‎Ya desde niño sentía las cosas intensamente, me enamoré inocentemente y lloré tantas veces.

‎Arriesgué mi vida por amigos y por gente que, hace años, no veo por estupideces.

He roto promesas que para mí eran importantes porque dejé de sentir las cosas igual que antes.


¿Cómo pude querer tanto y herir a esa persona?

A veces me siento un idiota porque el corazón no razona.

Siento cambios bruscos:

‎Ahora hace sol y ahora llueve, eso que dicen que la regla «es cosa de mujeres».

Mi estómago parece una montaña rusa, sentimientos que se cruzan y crean una realidad difusa.

‎Y aunque suene a excusa, soy humano

‎y hoy me quedo con lo bueno.

Y, aunque duela, pues aprendo de lo malo.

Hermanos que me traicionaron por una noche de placer.

Cicatrices que me recuerdan cómo no quiero ser.

Creí conocerme pero fue un error.



A veces la lógica es muy cómica y tiene una idea mejor.

Aunque crees que tú de ese agua nunca jamás beberás,

te despertarás un día y querrás volver hacia atrás,

dar lo bueno por hecho y ofuscarme con lo negativo.

‎Llegué a tocar techo a pesar de estar hundido.

Y es que el pesimismo es adictivo,

siempre es el mismo castigo.

Es sólo un espejismo amigo, déjame que hable contigo.

Sé que lloraste bajo la ducha y que cuando se habla uno a sí mismo nunca se escucha.

‎Que tú siempre has estado cuando te han necesitado pero te has ahogado sólo cuando has pasado un mal trago.

Es en esos momentos en los que descubres a los verdaderos amigos que en realidad valen la pena y, aunque hierva por dentro, en esas situaciones acabas poniendo un muro y tu corazón se congela.

Y, compungido, lo lancé y se rompió en tantos pedazos que no fue posible recogerlos ni con mil abrazos.

‎Creí que lo correcto era nadar con la corriente, pero en su defecto aprendí cómo hacerle frente, pero no siempre fui auto-suficiente.

La opinión de la gente a mí me hundía y me hacían sentir diferente.

‎Cuanto menos me importaba, más libre me sentía y mi mente volaba al convertirlo todo en poesía.

Hubo un clic en el que cambió toda mi perspectiva.

Decidí dejar de creerme mis propias mentiras.

‎Entonces me miré al espejo y me grité: "¡Despierta, nadie va a venir a tocar a tu puerta!"


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