EL AMOR DE ATENAS

agosto 21, 2018 Orfeo 0 Opiniones




Me he enamorado de una puta. Sí, sé que puede parecer una locura, pero no es así. Juro que nunca había acudido a uno de esos servicios, mas esa vez fue diferente. No sé el porqué necesitaba ir, liberarme, olvidar mi monótona vida. 

Mi vida se resumía en ir a impartir clases en el instituto, lo que incluía: aguantar las imperiosas ganas de golpear sus pequeñas y sabelotodas cabecitas contra la mesa, soportar las miradas de mis compañeros y escuchar al hombre del personal de limpieza que no le pisara las escaleras, que estaban fregadas (la pregunta era: ¿cuándo no lo estaban?). 

Ese día al volver a casa, me llamó mi amigo Raúl por teléfono contándome que había iniciado una relación personal con una chica más joven que él, quince años, concretamente. Podía oírlo muy ilusionado, hasta que decidí preguntarle por su profesión, a qué dedicaba su tiempo libre y, sobre todo, dónde la había conocido. 

- Verás… — Me dijo con la voz un poco entrecortada, supongo que por el nerviosismo de no saber cómo decirme lo que estaba pensando. — Es puta. 

- ¿A qué te refieres con que es una puta? ¿Tan mal se comporta contigo? — Estaba confuso. — ¿No me acabas de decir que estabas locamente enamorado? 

- No, no me refiero a eso. — Carraspeó. — Me refiero a que es una prostituta, vamos, que se dedica a la prostitución. 

- No lo entiendo, ¿desde cuándo frecuentas esos sitios? 

- Pues desde hace ya un tiempo, no se lo había dicho a nadie porque la verdad me daba un poco de corte. — Se quedó callado esperando una respuesta por mi parte. — Nunca había sentido nada parecido por alguien de esa profesión; sí que es cierto que me había quedado loco por cómo me lo hacían, pero nada más allá de eso. 

- No sé qué quieres que te diga, de verdad. — Me quedé callado. — Raúl, eres un hombre casado, un conocido director comercial, un claro referente para tus hijos, sigo sin comprender cómo has llegado a esa situación. 

- Nada de eso importa cuando estoy a su lado. Ni mi mujer, ni mi profesión y podría decir que no pasa lo mismo con mis hijos, pero te estaría mintiendo. — Esperó un poco a seguir hablando. — Mira, puede parecer una locura, pero te puedo asegurar que el mundo se detiene cuando estoy a su lado. 

- Mira, Raúl, no tengo tiempo para esto. Hablamos mañana, ¿sí? 

- Espera, Martín, puede parecer de locos, pero, por favor, inténtalo. 

- ¿Qué dices? 

- Intenta ir. Aunque no hagas nada con ellas, sólo entra. 

En ese momento no entendí a lo que se refería, así que decidí dejar ahí la llamada y a seguir con mi tediosa vida. Tenía que empezar a corregir exámenes y eso hice, pero no habían pasado ni cinco minutos cuando la imagen de Raúl y una mujer sin rostro se me vinieron a la mente. No paraba de pensar en lo mismo y una parte de mi quería descubrir a lo que se refería mi amigo cuando me decía de ir al local, pero la otra me decía que me quedara corrigiendo exámenes. 

Tras una hora de sucesivas correcciones, una extraña sensación invadió mi cuerpo. Me levanté de la silla, cogí mi abrigo y las llaves del coche. Empecé mi ruta al local Solonita. La ubicación no era ningún laberinto, estaba situada justo en la plaza principal del pueblo, según las malas lenguas, fue uno de los primeros locales en ser fundados. 

Aparqué el coche unas calles arriba del mismo, a pesar de las horas, no quería correr el riesgo de ser identificado por ir dejando pistas a diestro y siniestro. Según me iba acercando, mi mente trabajaba con más frecuencia, no podía dejar de pensar en qué estaba haciendo y por qué no podía evitar seguir avanzando. Creo que, en el fondo, confiaba tener la misma suerte que mi amigo Raúl y encontrar a alguien que me hiciera olvidar mi vida. Como decía Kelsang: «somos como un viajero en el desierto que persigue espejismos hasta la extenuación». La verdad es que tenía razón, muchas veces me paro a pensar en que durante toda mi vida no he parado de perseguir sueños y que, por mucho que me haya tropezado, no podía darme cuenta de que realmente eran tan solo eso: sueños. 

Ya me encontraba situado frente a las puertas y sólo una imagen venía hacia mí: la del periódico, hablando sobre un conocido profesor de Lengua Castellana y Literatura acudiendo al local de proxenetas. Y, aunque sólo se me venía ese pensamiento, entré igual. 

Justo al entrar, una mujer estaba esperándome en el recibidor. Las luces eran tenues, me ayudaban a relajar mis pupilas y parecía que a mis nervios también. Me habían cogido el abrigo y lo recogieron en el armario empotrado. 

- Pasa por aquí, Martín. — Obviamente, me conocía. Saneta era conocido por ser un pueblo muy pequeño, allí sabíamos todo de todos; excepto yo. Al estar todo el día encerrado en mi casa, no tenía tiempo para ningún cotilleo. — Ponte cómodo. 

Me había metido en una habitación que parecía ser bastante acogedora. Tenía un sofá, una cama y una nevera pequeña. 

No sabía cómo ponerme para no parecer demasiado presuntuoso y mucho menos un profesor que no sabía pasárselo bien. Decidí sentarme en el sofá con un pie estirado, ocupando las dos plazas de este. De pronto, la puerta se abrió, permitiendo la entrada de una joven, con una melena oscura y de tacones bajos. La iluminación de la habitación no me dejaba ver el color de sus ojos y apenas sus rasgos faciales. Supongo que esa era también la finalidad, no descubrir exactamente la identidad ni del cliente, ni del que ofrece el servicio. 

- Hola, guapo. — Me dijo mientras terminaba de cerrar la puerta. — ¿Estás cómodo? 

- Hola, — no sabía qué decir— sí, la verdad es que el material de este sofá no acepta muchas críticas. 

Tras mi intervención, soltó una pequeña carcajada y se quitó la fina tela que la cubría de la gélida temperatura del ambiente. 

- ¿Puedo sentarme a tu lado? — Me dijo mientras se iba acercando. — Tranquilo, no muerdo. 

- No hay problema. — Seguía sin saber qué decir y creo que era obvio que no me encontraba especialmente tranquilo. 

- ¿Es tu primera vez en un sitio como estos? 

- No puedo mentirte, sí. 

- No te preocupes, si quieres, siendo esta la primera vez, podemos hablar, para relajarte un poco y que veas que esto no es tan distinto como cualquier otra profesión. 

- ¿No te importa? 

- Si no te importa a ti, que eres el que paga… 

- No, me parece una idea fantástica. 

La verdad es que cumplió con su palabra, la noche se resumió en hablar y hablar. No paramos ni un solo segundo. Pude conocer su historia, sus sueños rotos y, sobre todo, lo que la ha impulsado para seguir haciendo lo que hace. Quise decirle de quedar fuera del local, pero temía que su respuesta no fuera la que deseaba, pues eso no dejaba de ser lo que era: un servicio. 

Me fui del local sin saber una de las cosas más importantes: su nombre. Ya era demasiado tarde para volver atrás, estaba con el coche en marcha cuando me había percatado de ese detalle. La sensación con la que me había quedado era de satisfacción total, mucho mejor que la del sexo (por lo menos el que yo había probado en mi vida). Soy de esas personas que esperan que la pareja que los acompañe a lo largo de su vida sea capaz de hablar con mejores aptitudes de las que tiene practicando el acto. 

Al llegar a mi casa, nada de lo que había hecho en el local me había parecido real, jamás había conectado con alguien tan bien como lo había hecho con esa joven. Lo único que tenía claro que iba a hacer al día siguiente era acudir de nuevo al local y conocer, al fin, el nombre de la mujer. 

A la mañana siguiente, comencé con mi rutina y acudí al instituto con los exámenes sin corregir. Los alumnos, al ver que me había demorado un día más con los resultados, decidieron no hacer nada en clase, lo que me permitió descansar y pensar en un plan perfecto para no ser percibido en el trayecto camino al local. 

Ya había acabado en el instituto por ese día cuando decidí romper la rutina: no podía aguantar las ganas de ir a ver a la joven sin nombre. Todavía había luz solar, por lo que tenía que hacer tiempo, pero mis ganas eran insostenibles. Fui igual, aparqué en el mismo lugar de la otra vez y pasear por el exterior del local. Mi plan era simplemente esperar a que no hubiera nadie por los alrededores y poder entrar sin ser percibido. 

El ansiado momento había llegado, justo cuando nadie pasaba por enfrente del local, aproveche para entrar como si la vida me fuera en ello. Una vez dentro, la que me había recibido la noche anterior me dijo: 

- Huy, hola, Martín. Hoy llegas muy pronto. — Se quedó mirando para mí. — ¿Va todo bien? 

- Sí, simplemente quería saber qué joven fue la que me ofreció el servicio. 

- Sinceramente, Martín, no recuerdo quién fue la que estuvo contigo anoche, pero, aunque me acordara, no puedo ofrecerte ese tipo de información. 

- ¿Y si quiero volver a concertar una cita con ella? 

- Como ya te había dicho, no recuerdo quién es. — Se quedó pensando. — Hagamos una cosa: te ofrezco cuatro citas con cuatro mujeres distintas, a ver qué te parecen. ¿Cómo lo ves? 

- Está bien, ¿cuándo podré conocerlas? 

- Hoy mismo, ¿te parece bien? — Miró la agenda. — Sí, además hoy puedes ver a todas. 

- Me parece genial. 

- Pues entra en la habitación del otro día y de un momento a otro irá una de ellas. 

Y así lo hice. De camino a la habitación comenzaban a aflorar los nervios por no saber cómo actuar ni qué decir. Entré en ella y me volví a sentar en el sofá, creyendo que sería un amuleto de la suerte para ver si la primera joven sería la de la otra vez. Me quité el abrigo y lo dejé sobre la cama. Y, por no agobiaros con las citas, os diré que la primera mujer con la que quedé sí quería ofrecerme un servicio como el de la anterior, pero no me había aportado la misma sensación, la segunda quiso quedar conmigo fuera, pero aclarándome que nada más de una amistad y la tercera resultó ser ella, la de la noche anterior. 

- Hola, ¿cómo estás? — Le dije, supongo que mi mirada era otra a la de las demás. — ¿Cómo ha ido el día? 

- Bien, ¿te conozco? — Me dijo sin apenas mirarme a la cara. — ¿Qué quieres que haga? 

- No te acuerdas de mí ¿verdad? 

- No, ¿debería? 

- Ayer estuvimos hablando durante toda la noche y pensé que eso te hubiera gustado tanto como a mí. 

- ¡Ah! Ya recuerdo. — Se quedó pensativa. — Mira, querido, eras un cliente más con una filia más. Mi trabajo consiste en saber actuar y hacer que, aquellos que me requieran, acaben felices. 

- Déjalo, prefiero que pase la siguiente. 

- Como prefieras. — Abrió la puerta y se fue. 

No sabría explicar cómo me sentí en ese momento, pero la única ilusión que había sentido desde hacía poco se había caído a mis pies tras haber mantenido esa conversación que apenas duró unos minutos. 

La situación cambió cuando entró la última, no sé por qué, pero con ella sí me apetecía recurrir al servicio habitual. No tenía buen cuerpo, pero sí unos ojos que incitaban a consumar el acto. 

- Hola, ¿qué puedo hacer por ti? — Me dijo mirando para el abrigo que había dejado en la cama. 

- Nada fuera de lo normal — no dejaba de mirar a esos ojos. — Lo que le hagas a cualquier otro. 

Comenzó a desvestirme, empezando por mi camisa, desabrochándola, botón a botón. Dejó mi pecho al descubierto y, al verlo, comenzó a deslizar su lengua por mis pezones, bajando poco a poco. Se paró en mi ombligo, decidió jugar con él, mientras que yo no podía retener mis ganas de sentirla. Empezó a quitarme el cinturón y a tirarlo efusivamente hacia atrás, sin importarle nada más. Sus besos continuaban bajando hasta llegar a bajarme el pantalón, dejando al descubierto mi ropa interior. Sus besos se transformaron en pequeños mordiscos. Cuando se dio cuenta de la tremenda excitación que estaba sintiendo, decidió morder mi pene aun teniendo el calzoncillo. 

Tuve que pararla, no podía dejar de sentir que, a pesar de estar gozando como nunca lo había hecho, estaba abandonando mis principios. Ese no era yo. 

Me fui rápidamente, pagando en la entrada lo que debía y abandoné el local antes de que nadie pudiera reconocerme. La hinchazón todavía no había bajado, pero mi cabeza no paraba de mandarme que marchara. 

Estaba tan desesperado por encontrar a alguien que me quisiera que no podía dejar de ver a las otras chicas con el rostro de la primera. No sabía qué hacer, me planteé innumerables opciones para seguir, pero no podía seguir viviendo con el estrés de mi vida y aún encima sabiendo que no tenía a nadie esperándome en mi casa después de un día duro de trabajo. 

En el coche, de camino a casa, algo dentro de mí me incitó a hacer algo de lo que estaba cansado de explicar en el instituto. Cuando llegué a casa, fui directo al baño, me quedé mirando al reflejo del espejo y decidí abrir el armario para coger las cuchillas de afeitar. Extendí mi brazo y, sin pensarlo dos veces, hice un corte limpio y vertical. La sangre de un corazón solitario salía por mi muñeca, cada gota caminaba a lo largo de la herida hasta llegar al suelo, formando un charco que poco pude observar porque perdí el conocimiento en menos de un minuto. 

Lo siguiente que recuerdo es estar en el hospital, tumbado en la cama y con la prostituta de la que me había enamorado. 

- ¡Por fin estás despierto! — Me dijo con una lágrima en su mejilla. — Los tenías, bueno… Nos tenías preocupado. 

- No entiendo, ¿qué ha pasado? — Me quedé callado. — ¿Qué haces aquí? 

- Verás, después de haberte ido del local, pensé que había sido una grosera, así que decidí seguirte y al ver que sólo una luz de tu casa se encendía, miré por la ventana y te vi tirado en el suelo, rodeado de sangre. Llamé a la ambulancia y —mientras hablaba vi mi brazo totalmente vendado — no pude hacer otra cosa que acompañarte. 

- ¿Por qué sigues aquí? No me malinterpretes, te lo agradezco, pero no sé por qué te has quedado conmigo si después de cómo me trataste… 

- Algo dentro de mí me impulsó a seguirte. 

Fueron pasando los meses y lo que tanto había buscado, lo encontré en esa habitación. Mi futura mujer, mi confidente, había estado donde yo creía, en esa prostituta. Nos casamos a los tres años y me dio unos hijos maravillosos. 

Georgia, así se llamaba quien me enseñó que la felicidad nos encontraba justo en el momento en el que menos nos lo esperamos. Que siempre debemos mantenernos firmes y que nuestros actos no definen nuestra personalidad.

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