FIN – CAPÍTULO 7

febrero 07, 2017 Orfeo 0 Opiniones

En el fondo del remolque sólo había un joven encapuchado en la esquina, supongo que se había asustado por cómo había abierto las puertas. Al verme, sacó una pistola y se dirigió hacia mí con paso firme y yo, al ver sus intenciones, toqué el suelo y el agresor se vio atraído por la tierra, cayéndose, sin poder levantarse.
         Ya veo cuáles son tus intenciones, así que, si no vuelves a intentarlo, podremos irnos sin que resultes heridos. – Le dije con tono confiado.
         ¿¡Qué narices eres!? – Me gritó mostrando el mayor pánico que jamás había visto.
Después de todo, llevé a la pandilla junto a la policía del pueblo y me dispuse a retomar mi camino inicial.
Llegué a la guarida, las chicas seguían en el lecho de muerte de Ana. Con rostros totalmente decaídos, me miraron y comenzaron a moverse un poco, invitándome a hablar con Susana.
         ¿Y bien? – Me dijo reprimiendo las ganas que tenía de llorar. – ¿Sabes lo que vas a hacer?
         Sí, no puedo dejaros solas en esta situación. Contad conmigo. – Tras decir esas palabras, nos abrazamos colectivamente.
Nos dirigimos a lo más profundo del bosque y, esperando a la noche, comenzaron con los preparativos: formaron un pentágono estrellado, siendo la fuente de poder propio de las brujas, compuestos de pétalos y sal, como elementos de unión mágica, velas, situadas en las puntas del pentágono y un cuenco con sangre.
Mis nervios comenzaban a exteriorizarse en el momento en el que todas comenzaban a comunicarse con la mirada.  Susana me miró y me dijo:
         ¿Cómo te sientes? – Se mostraba preocupada por mí. – Tranquilo, solo tienes que hacer lo que te vamos diciendo.
         De acuerdo. – Le dije.
         Su, el momento ha llegado. – Le dijo una de ellas.
         Sí, la noche está a punto de llegar al meridiano del cielo. – Me dijo convencida.
         ¿Qué hago?
         Sitúate en el centro del pentágono.
Y así lo hice: me coloqué en el centro de la figura y ellas en cada punta, justo en el momento en el que se situaron en sus puestos, sentí como la magia se empezaba a enlazar con nosotros. Todas parecían haber nacido para ese momento, sus mentes, sincronizadas, comenzaron a pensar en lo mismo y chasquearon los dedos con una sincronización perfecta, las velas se encendieron de un fuego azul eléctrico que conseguía un efecto hipnótico. Con la luna situada en el centro del cielo, coincidiendo encima de nuestras cabezas, las chicas comenzaron a recitar exactamente al mismo tiempo: “Llegado el momento, te pedimos a ti, Minerva, que nos concedas el don que nuestra Hécate ha cedido a su sucesor. No nos dejes solas, danos tu compañía. Cierra el círculo, cierra el destino.”
         Rápido, bebe lo que hay en el cuenco.
         Sí. – Así lo hice.
Una vez bebí la sangre, sin pensarlo dos veces, las velas tiñeron su llama del color natural del fuego, incrementando su tamaño durante unos segundos. El ritual no trajo consigo ningún efecto sobre mí, me sentía como si no hubiera hecho nada. Las aguas de los ríos que se encontraban por nuestro entorno, comenzaron a rodearnos, fundiéndose todas en una (supongo que eso simbolizaba la unión del aquelarre).
         Es hora de irnos. – Dijo Susana.
         ¿Por qué? –Dije. La verdad es que pensaba que nos íbamos a quedar mirándonos los unos a los otros. – No entiendo nada.
         Los cazadores de brujas pueden sentir los rituales de unión. Por suerte este bosque está alejado de nuestra base y les llevará tiempo saber dónde estamos.
         ¿Cazadores, en serio? – De repente, me había sumergido en un nuevo cuento de fantasía. – Pensé que era un cuento de hadas.
         No, son muy reales, por desgracia. Se dedican a alimentarse de la magia de las brujas.
         ¿Cómo? Pensé que simplemente las mataban.
         Ojalá… Pero se dedican a torturarlas y dejar que la sangre gotee en una especie de ungüento que les permita sobrevivir.
         Pero entonces ahora sabrán donde estamos. – A este plan le veía guas por todas partes, aunque ellas no parecían estar pensando en otra cosa.
         Esperemos que no nos encuentren y si lo hacen, que es lo más probable, debemos estar preparados.
         ¿Cómo?
         Ahora todos somos uno y …
         ¡Sh! – Dijo la rubia.
         ¿Qué pasa Laura? – Dijo Susana susurrando.
         Me ha parecido oír algo. Escondámonos por si acaso. – Nos metimos en varios arbustos de la zona.
         Oye, – Susana me agarró del brazo en el arbusto en el que estábamos. – no podemos dejar que le pasa nada a las chicas.
         Lo sé.
         No, no lo entiendes. Si alguna es asesinada, nos debilitaremos.
         ¿Yo también? – Cuando mencionó ese detalle, mi cabeza dejó de entender por qué habíamos hecho el ritual.
         No, tú, según Ana, sentirás un pequeño dolor en el corazón. Tus poderes no se verán afectados, al contrario, al ser menos en las que repartir tu poder, ganarás fortaleza.
De pronto, los sonidos ya no estaban sólo en la cabeza de la rubia, todos podíamos percibir lo que parecían ser pisadas.
         Es un hombre. – Dijo Susana.
         ¿Qué? – Le pregunté extrañado, pues había lanzado ese comentario en mitad de esa atmosfera de suspense.
         Es un hombre, las pisadas son lentas y, a juzgar por la intensidad de cada paso, es alto y robusto. Posiblemente un cazador. – Me asombraba la serenidad con la que había mencionado tales detalladas características. Posiblemente no haya sido la primera vez que se enfrentan a uno.
         ¿Qué hacemos? – Me comenzaba a poner más nervioso por cada segundo que pasaba.
         Se acerca, cállate. – La noche se había cerrado todavía más y ya no podíamos ver, desde nuestra situación, a las chicas.
Las pisadas comenzaban a sonar cada vez más cerca de nuestro arbusto. Las hojas de los árboles, movidas por el viento, emitían silbidos que intensificaban la tensión del momento. Justo cuando creía haber superado el miedo a que nos encontrara, las pisadas dejaron de sonar. Susana me cogió la mano con sigilo (estaba más tensa que nunca), gélida como la nieve me miró, intentando mandarme algún tipo de mensaje con sus ojos de cordero. Una voz ruda como el aullido propio del lobo, comenzó a emitir una risa en señal de logro. Desde el interior del seto podía ver su silueta, negra como la noche, prolongando sus brazos hacia nosotros con la intención de desvelar lo que ocultaba dicha vegetación. Antes de realizar su propósito, alguien gritó:
         ¡Eh! – Era Abril, una de las jóvenes que componían el círculo y que rara vez se había pronunciado.
         Pero mira a quién tenemos aquí – Dijo el hombre. – No esperaba tal visita.
Susana me impulsó hacia atrás con una ráfaga de viento para alejarme del arbusto y se levantó para que el cazador centrara su atención en ellas.
         ¿Susi? ¡Cuánto tiempo! –  Me frenó el tronco de un árbol situado a unos pocos metros.
Mi intención era ir a socorrer a Susana y Abril de aquella situación tan peliaguda, pero unas manos me cogieron por la espalda y me escondieron en otro arbusto.
         Ni se te ocurra. – Era la rubia, es decir, Paula. – Si te mata, estamos acabadas.
         No podemos dejarlas ahí.
         ¡Susurra, melón! Saben defenderse solitas. Debemos ir a base y prepararnos con la artillería más pesada que tengamos. De hecho, debemos coger el libro y buscar el hechizo de edu… – Paula fue impulsada hacia arriba, movida por una fuerza sobrenatural.
Así fue, Paula fue cogida por los pelos y tirada al suelo. Una vez me vio, hizo lo mismo conmigo. En el suelo sólo podía ver lo que me permitía la oscuridad y eso era a Susana y Abril atadas de pies y manos con la boca cosida. Paula intentó levantarse, pero el cazador, al verla, la agarró y la empujó contra un árbol. Desgarró su top y su falda, dejándola totalmente desnuda. La corteza del árbol comenzaba a envolver a la joven mientras ésta gritaba por el dolor que le causaba la piel del árbol. Una vez sujeta, el cazador sacó de su bolsillo una especie de medalla que le otorgaba la capacidad de la pirokinesis. Acercó la llama al pelo de Paula y prendió fuego a su larga melena rubia. Paula se desmalló del dolor e, incapaz de despertarse por alguna clase de circunstancia, dejaba de emitir esa señal de magia que sentía cuando ella estaba cerca de mí. Susana y Abril, también se habían desmayado. El cazador, al percatarse de lo mismo, se acercó a mí y dijo:
         Así que eres tú el Hécate. No me esperaba que fuera un hombre. – Sonrío. – Esto va a ser divertido.
         ¡Déjalas en paz! Tranquilo, de ellas solo quiero su sangre, de ti quiero tu poder.
         ¡Terra Vitae! – La tierra comenzó a moverse. – Mutatis.
         ¿Pretendes hacer lo que creo que quieres hacer? Un consejo: las arenas movedizas están pasadas de moda.
Me desmayé, no sé si del miedo o por la misma razón que ellas, pero lo hice. Me desperté en un lugar tenebroso, con las paredes pintadas de sangre y el suelo cubierto de órganos humanos. Todas las chicas del círculo, estaban colgando de las paredes, con el estómago abierto de par en par, sin una gota de sangre en su cuerpo.
No podía creerme lo que estaba viendo, siempre me habían transmitido una imagen de inmortalidad y fortaleza que se me había desmontando justo en ese momento. Me refugiaba en la idea de que mi cabeza, una vez más, estaba jugando conmigo, pero creo que no era así.
“Desde tiempos inmemorables, las brujas han sido quemadas en la hoguera, creyendo que sería la única manera de acabar con ellas. El ser humano ha vivido equivocado durante mucho tiempo. La cremación otorgaba a esta raza el don de la reproducción, encarnándose en las futuras generaciones de humanos. Esto, las brujas lo sabían y se lo habían callado, permitiendo que las de su especie sufrieran. Ambos tenemos algo en común ¿sabes? Somos los elegidos de nuestra especie. Tú, el único varón de tu especie, destinado a acabar con esta maldición que os persigue durante años, los cazadores. Y yo, el elegido para acabar de una vez por todas con los de tu calaña. Creo que ha quedado claro quien ha logrado su cometido ¿no es así? ¡He descubierto la forma de eliminaros! Arrancándoos cada órgano de vuestro podrido cuerpo. Pero tú eres diferente, Prometeo se ha encarnado en ti, dándote la eterna maldición de regenerar tus órganos una y otra vez. Pero toda maldición tiene un fin. Con esta daga, te inyectaré un veneno que acabará con tu maldición. Sólo me queda decir: de nada por la cura.”
Me clavó el cuchillo, empezando por la tráquea, hasta mi abdomen.  Comenzó a vaciar mis órganos de mi cuerpo y yo, sin sentir ningún dolor, solo podía ver cómo lo hacía. Parecía un mero espectador de la película de miedo más realista de la historia. Por primera vez, mis poderes se habían alejado de mí, dejándome una sensación de vacío.
“Con tu muerte, futuras generaciones de brujos y brujas, harán que sus poderes queden sellados de por vida. ¡Por fin ha llegado el momento en el que sólo los cazadores podamos dar un verdadero futuro a nuestro mundo!”

Después de sus palabras, cogió los botes con la sangre de las difuntas brujas y se fue, sin echar la vista atrás. No sé por qué, tal vez por el peso adicional que provocaban mis órganos deslizándose al exterior de mi cuerpo, las cuerdas que me sujetaban por las muñecas se rompieron, dejándome caer al suelo. Cogí el bote que había encima de su mesa tras deslizarme todo lo que pude. En él sellé con una frase el contenido de dicho frasco. Decidí guardar ahí mi último hechizo: quien abriera la caja, desbloquearía los poderes de aquellos que empezaban a experimentar ciertas habilidades en sus cuerpos. Sólo de esa manera, los brujos serían capaces de sobrevivir otra generación y no defraudar, así, a la palabra de Ana. Me sentía cada vez más débil, sin fuerzas para seguir con los párpados abiertos. No podía creer que el último recuerdo que fueran a grabar mis retinas fuera a mí mismo, desnudo y destripado en una habitación en las que mis chicas, que en un primer momento habían sido desconocidas para mí como un grupo de ancianas, habían yacido de la misma manera que yo: desnudas y defraudadas por haber confiado en alguien que no sabía defenderse a sí mismo.

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