Capítulo 4

septiembre 05, 2017 Orfeo 0 Opiniones

Una vez contesté, la puerta se abrió; era Juan. A saber qué necesitaba. Cuando entró en el despacho, todos se callaron y comenzaron a murmurar.

-          ¿Ocurre algo Don Juan?
-          Me gustaría hablar con usted. — Me dijo con voz seria. — Venga a mi despacho, por favor.
-          De acuerdo, en seguida voy.
Al salir de la habitación, los chicos retomaron sus temas de conversación y no me miraban.
-          Chicos, quedan pocos minutos para acabar la… — Tocó la campana. — Que paséis un buen día.
-          Gracias. — Respondieron todos menos el hombre con rasgos dignos del canon de belleza griego. Él se fue sin decir ni pío.

Esperé a que todos salieran del despacho para poder ir al encuentro de Juan. Así lo hice y, justo al cruzar la puerta, ahí estaba, esperándome Rubén. Su presencia me ponía bastante nerviosa, por no decir que me excitaba la idea de que me estuviera esperando.

-          ¿O… ocurre algo? — Le dije procurando disimular mi nerviosismo. — ¿Se te ha olvidado algo?
-          Sí, se me ha olvidado tu cara. Sé que te conozco de algo, pero no consigo recordarlo.
-          Pues, no lo sé. — No podía decirle que él era el motivo por el que mi novela no dejaba de crecer en grosor. — Mira Rubén, hablamos luego. Tengo que ir a ver a Don Juan.
-          Sí, perdona. —  Me dijo mientras se iba dubitativo. — Nos vemos a la noche.

Retomé mi camino y, una vez situada en el pasillo central, pude ver, al fondo, la puerta roja que indicaba mi destino. De camino a él, me di cuenta que había muchas personas hablando y riendo. Eran distintas a lo que solía ver ahí dentro. Eran personas sonrientes, naturales, parecían no tener ninguna preocupación. Me encontraba cansada, después de toda la noche aguantando a unos adolescentes con las hormonas más movidas que Beyoncé en uno de sus conciertos, mi cuerpo no tenía fuerzas para aguantar a mi jefe que estaba al nivel de los chavales.

Llegué a las puertas rojas y llamé tocando la puerta varias veces. Después de recibir la señal que me indicaba que podía pasar al interior.

-          Dígame, señor.
-          Pasa, pasa. — Me dijo sin girar la silla de su escritorio. — Siéntate en los sillones, enseguida voy.
-          De acuerdo. — Me senté en uno de ellos, con temor a que ocurriera lo mismo de la otra vez.

Estuve esperando mientras terminaba de teclear en su ordenador. Mientras tanto, me paré a observar bien su despacho. Las paredes estaban cubiertas por estanterías repletas de libros, excepto una, que estaba totalmente vacía. La decoración no seguía un orden específico. Todo era de diferentes gamas cromáticas. El suelo era de cuarzo negro, excepto la zona de los sillones, que estaban pisando una alfombra blanca. Mi mente enferma había pensado que, si todas las entrevistas a las empleadas eran igual a la mía, se ahorraba limpiar el “final feliz”.

Entre tanto silencio y tecleo, mi bolso comenzó a vibrar, era mi teléfono. Al mirarlo, vi que había un mensaje que, antes de poder ver lo que ponía, mi jefe comenzó a decir cosas que no recuerdo, pues me había desconcentrado el escrito.

-          ¿Qué te parece? — Comencé a prestarle atención.
-          Perdone, ¿qué me decía? — Guardé el móvil rápidamente. — Estaba hablando con una amiga.
-          Te decía que si te apetecía tomar algo. — Señalaba a su colección de licores. — Tengo de todo.
-          No, muchas gracias. Necesito irme a casa. — No pude evitar bostezar.
-          Normal, es tu primer día. Ya te habituarás al horario. — Me dijo mostrando una pequeña mueca de sonrisa. — Sólo quiero saber cómo te ha ido y si te gusta el trabajo.
-          Sí, por el momento me gusta. Creo que puedo entablar buenas migas con los chavales.
-          Vale, sólo tengo que advertirte que no hagas dos cosas: no les cojas cariño y tampoco le hagas caso a tus deseos.
-          ¿Quiere decir que no mantenga relaciones sexuales con ninguno de ellos? — Quise sintetizar lo que me había dicho.
-          Efectivamente. Las familias confían en nosotros y no nos gustaría decirles que nuestra quinta couch ha empeorado las condiciones de sus hijos.
-          Lo entiendo, pero no caeré en las tentaciones porque no las habrá.
-          Eso esperamos. Por eso le hemos confiado el puesto. — La habitación retomo el silencio por un momento. — Muy bien, puedes volver a tu casa.
-          Gracias, hasta luego.
-          Hasta pronto.  — Dijo mientras me levantaba de aquellos sillones tan cómodos.

Salí del despacho y me dirigí a la salida. Allí estaba Víctor, esperándome con las llaves de mi coche en su mano.

-          Que descanse, Lenden. — Me dijo mientras me daba las llaves. — Se lo he dejado delante de las escaleras.
-          Gracias, nos vemos a la noche.

Salí de la empresa, me acerqué al coche y, justo cuando iba a abrir la puerta con la llave, noto el brazo de un hombre agarrando mi muñeca. Era Víctor, parecía preocupado por algo.

-          ¡Uy! Víctor, me has asustado. ¿Va todo bien?
-          Necesitaba hacer algo. — Me besó y, exaltada, comencé a sentirme nerviosa y, apartándome — ¿Qué pasa?
-          Perdone, sólo quería hacerla saber que mis servicios no son únicamente para la empresa, puedo servirla en todos los ámbitos.
-          Con que me lo hubieras dicho ya era suficiente, no necesitaba pruebas, Víctor. — Intenté recomponerme. — Puedes retirarte.
-          De acuerdo.

Entré en el coche y recapacitando sobre lo que había pasado, no paraba de cuestionarme cuántas veces tendría que reprimir mi instinto sexual. Procuré despejar mi mente para poder descansar en mi casa.

Justo al girar la esquina que daba en mi casa, mi cuerpo se vio en la obligación de frenar el coche y pararlo en mitad de la carretera. Mi domicilio estaba acordonado por una cinta amarilla. Tras un minuto mirándolo desde la lejanía, me acerqué con el coche y lo aparqué justo detrás de los coches del cuerpo de seguridad. Al bajarme del vehículo, vi a un par de policías hablando y decidí acercarme.

-          Agentes ¿qué está pasando? — Dije con toda la firmeza que pude.
-          Otra vecina cotilla. — Le dijo a su compañero. — Señorita, vaya a dormir o prepararle el desayuno a su marido.
-          Agente, esta es mi casa. — Preferí ignorar el comentario machista.
-          Ah, usted es…  — Miro en un papel que tenía guardado en el bolsillo de su pantalón. — Leden Rodríguez.
-          Sí, así es.
-          Pues su casa está siendo investigada por un presunto homicidio ocurrido entre las doce y las cuatro de la mañana.
-          A esa hora estaba en mi trabajo.
-          ¿Qué clase de trabajo tiene ese horario? — Seguro que pensaba que estaba metida en las drogas o algo.
-          ¿El suyo? Por ejemplo. — Esa contestación salió de mis adentros. — Mire, necesito entrar en mi casa.
-          Señorita, tiene que buscar otro lugar. Su casa permanecerá bajo el equipo de investigación durante un tiempo indefinido.
-          ¿Y a dónde me iré?
-          Ese ya es su problema. — Decía mientras se iba con su compañero. — Pase buen día.
-          Espero que no sea sarcasmo.

Sin saber a dónde ir, me fui directa al coche con la esperanza de encontrar una solución. Al sentarme en el lugar del piloto, pude ver cómo alguien me estaba vigilando desde el otro lado de la calle. Armándome de valor, salí corriendo del coche y fui tras mi nuevo acosador. Para mi sorpresa no se movió y pude ver a los pocos segundos de mi carrera que esa persona ya la conocía.

-          ¿Rubén? — Me paré frente a él. — ¿Qué haces aquí?
-          Necesitaba saber de qué me sonaba tu cara y pensé que…
-          ¿Que siguiéndome lo sabrías? — Comencé a relajar mis pulsaciones.
-          Perdona. — Volví a pensar en dónde podría dormir. — Oye, ¿qué le ha pasado a tu casa?
-          Pues algo de un asesinato… La verdad es que no me podía creer lo que me estaba diciendo el policía, así que no he prestado mucha atención. Lo único que sé es que me estoy planteando dormir en Nix durante un par de noches.
-          De eso nada. Ahora mismo te vienes a mi casa y te preparo una cama.

No podía creerlo. El joven con rasgos propios del canon de belleza clásico me estaba ofreciendo una cama en su propia casa. La imagen de Don Juan me venía a la mente recordándome que no podía mantener relaciones con ningún alumno y, conociendo las hormonas propias del adolescente, no podía permitirme dormir con él.

-          No digas tonterías, ya me buscaré algún lugar dónde dormir.
-          Leden, no puedo permitir que pases la noche en cualquier lugar. — Sus ojos azules como el mar me miraban fijamente. — Mira, sólo una noche y si estás cómoda te quedas hasta que tu casa esté libre.
-          Bueno, pero sólo hasta que encuentre otra cosa.
-          ¡Bien! — Dijo efusivo. — Sígueme.
-          Tengo el coche aquí mismo.
-          No será necesario. — Su respuesta me resultó extraña.

Empezamos a caminar calle abajo y justo al ver el puente por el que tengo que cruzar con el coche para ir al trabajo, subimos una cuesta. Poco a poco iba viendo cómo las calidades de las casas iban mejorando. Los dueños debían tener un buen nivel adquisitivo, por eso no entendía por qué estábamos yendo por ese camino.

-          Hemos llegado. — Me dijo mirando para una casa totalmente cuadrada y blanca. — Pasa, por favor.
-          Sí… gracias. — Crucé el portal negro del recibidor y, de fondo, escuchaba el sonido del agua originado por una piscina. Me quedé mirando para ella.
-          Si quieres, puedes darte un baño.
-          No, gracias. No quiero abusar de tu confianza. — Continué caminando.
-          Mis padres no vuelven hasta dentro de dos meses. — Llegamos a la puerta. — Están viajando por Japón.
-          ¿A qué se dedican? — Pregunté con la poca vergüenza que me empezaba a caracterizar.
-          Mi padre es el dueño de INDAX. — Esa es una de las mayores empresas de ropa de todo el mundo. — Poco están en casa, sólo me hablan para saber si estoy yendo todos los días a CAOS.

Llegamos a la puerta y, con sólo apoyar la mano en la misma, se abrió. El recibidor estaba repleto de fotos colgadas en la pared y relacionadas con los monumentos característicos del mundo entero. Más tarde me enseñó la habitación en la que me quedaría ese tiempo.

-          Dime qué opinas de ella. —Abrió la puerta, dejando ver una de las habitaciones más lujosa que jamás he visto. Abrí la boca en señal de sorpresa. — Dime algo, anda.
-          Es… es demasiado para mí. Puedo dormir en el sofá sin ningún problema.
-          No digas tonterías mujer. Echa una cabezada, que, con la tontería, pronto tienes que volver a CAOS.
-          Sí, gracias. — Cerró la puerta, dejándome sola en una habitación que jamás creí poder aprovechar.

Observando, con mi alma curiosa, pude ver que la ventana me ofrecía las vistas de toda la ciudad y de la piscina de la casa. La montaña en la que estaban situadas todas las viviendas podía ser vista desde cualquier rincón de la ciudad. Decidí tumbarme en la cama con el fin de conciliar algo el sueño, pues ya eran las doce de la mañana y mi cuerpo no podía asimilar tantas novedades en un solo día.

Ya eran las seis de la tarde y lo primero que hice fue abrir bien los ojos para comprobar que, todo lo que había vivido, era real. Así fue, estaba en la cama de una habitación más cara que toda mi vida. Me levanté y contemplé, de nuevo, las vistas. Empecé a bajar la vista poco a poco para ver la piscina. Para mi sorpresa, había alguien utilizándola. Un dios griego había bajado del Olimpo para bañarse en la piscina de los mortales.

Decidió dar unos largos al estilo mariposa hasta salir por las escaleras de la misma. Según subía los escalones, las gotas deslizaban su cuerpo, recorriendo cada uno de sus musculosos rincones. Una vez ya fuera, se tumbó en el suelo, dejándome ver que su corazón palpitaba al mismo ritmo que el mío. Mis ojos deseaban seguir viendo ese espectáculo dedicado para pocos espectadores dignos.

Salí de la habitación con el fin de acceder al jardín y hablar con el joven atlético. A pesar de que la casa parecía ser un laberinto, conseguí acceder al paraíso visual. Allí seguía, con pulsaciones aceleradas, buscando la relajación. Justo cuando me iba a acercar para hablar con él, vi un bulto en el bañador que no estaba antes. He de resaltar que era en forma de calzoncillo slip y todo lo que pasara ahí abajo, no podía pasar desapercibido. Mi corazón, todavía más acelerado, comenzó a manifestar mayor nerviosismo, reflejándolo en mi cuerpo.

-          ¿Cómo está el agua? — Le dije, pensando realmente: “¡Cómo estás!”.
-          ¡Uy! — Se incorporó para disimular su hinchazón. — Muy bien la verdad ¿cómo has dormido?
-          Demasiado bien, esos colchones deberían estar prohibidos.
-          Jajaja. Me alegro. — Se levantó y yo procuré no fijarme en sus abdominales a medio secar. — ¿Te apetece un baño?
-          Pues te mentiría si te digo que no me apetece, pero no tengo bikini, por no decir que no tengo nada de nada.
-          Si lo prefieres me marcho y dejo que te bañes desnuda o en ropa interior.
-          No te preocupes. — Le dije mientras me levantaba. — Me voy a dar una ducha.
-          Perfecto, tienes un baño en la habitación.
-          Muchas gracias.

Entré de nuevo en la casa mientras Rubén se volvía a meter en la piscina. De camino a mi habitación pensé en que ponerme, porque me había dado cuenta que tenía sólo lo puesto. Una vez dentro, abrí la puerta del baño y lo primero que vi fue una ducha increíblemente gigantesca. Constaba de hidromasaje y, en ella, cabían cinco personas a lo sumo. Me quité la ropa y, ya desnuda, comencé a sentir el agua precipitándose sobre mí. Todos los chorros entraron en sincronía para atacar a mi espalda. El sonido se mantenía en silencio y sólo podía escucharse el agua cayendo en la placa del suelo.

El agua conseguía hacerme olvidar de todos los problemas y me ayudaba a encontrar ese punto de relajación que nada conseguía darme. De pronto, sentí como unas manos comenzaron a acariciarme los hombros, imaginaba que era el efecto que me ofrecían los chorros, pero, al sentirlo cada vez de manera más intensa, vi a Rubén con una mirada de pasión. Intenté alejarme de él, pero, algo dentro de mí, sólo quería seguir.

-          Detente. — Susurré.
-          Shhh. — Me dijo al oído.

Comenzó a besarme el cuello, partiendo de la oreja hasta llegar a mi hombro derecho. Una vez allí, utilizó sus manos para masajear mis pechos. No podía pensar, mi cuerpo no podía parar de recordar el mismo ardor que experimentó en la biblioteca. Comenzó a pegarse más a mí hasta que sentí su bañador en mis delicadas nalgas. Sus músculos, más duros que la corteza de un árbol, comenzaron a rodearme. Su bañador comenzó a encogerse, pues intentaba tapar su miembro que, a su vez, intentaba simular la dureza de sus pectorales.

No dejaba de besarme y yo, disfrutando cada uno de ellos como si fueran el último, me giré para poder ver la cara de esa persona que estaba robando mi inocencia.

-          No podemos seguir con esto. — Volví a susurrar.

Haciendo caso omiso a lo que le había dicho, me besó en la boca. Nuestros labios se fundieron en uno y nuestras ganas de seguir hicieron que ambos, perfectamente sincronizados, quitáramos su bañador para dejar a la vista su miembro, totalmente preparado para cumplir su función. Justo en ese preciso instante, comencé a abrir los ojos y recordé las palabras de Don Juan.

Lo aparté, decidí olvidar mis deseos carnales y salí de la ducha empapada. Cogí la toalla que estaba colgada de la cornisa de la ducha y tapé mis intimidades para ir a la habitación. Justo al cruzar la puerta, comenzó a sonar el teléfono.

-          Espera, no contestes. — Me dijo con la esperanza de retomar lo que habíamos empezado.
-          ¿Sí? — Contesté al teléfono. — ¿Quién es?
-          Leden, hoy no es necesario que acudas al trabajo. Estamos haciendo obras en Nix, ahora se lo comunicaremos al resto de jóvenes.
-          De acuerdo. — Colgué.

Me senté en la cama mientras me secaba el cuerpo y el pelo. El comenzó a aproximarse a mí, con el fin de sentarse a mi lado.

-          Oye, perdona si he hecho algo que no te ha gustado. — Me tocó el brazo.
-          Mira — Lo aparté. — me han prohibido tener relaciones con cualquiera de vosotros y, en parte, es algo lógico ¿no crees?
-          Pero si ambos lo deseamos, ¿por qué no…. — Sonó el teléfono que tenía encima de la cómoda.

Empecé a vestirme y me fui al jardín. Tenía que centrarme en conseguir un nuevo lugar donde dormir e intentar olvidarme lo antes posible de aquel lujoso lugar. Una vez en el jardín, mi teléfono sonó.

-          Señorita Leden — Era Víctor. — quería comunicarle que hoy no es necesario que acuda al trabajo. Don Juan ha decidido reformar…
-          Lo sé, Víctor. Gracias por avisarme, pero… — Mi móvil fue tirado a la piscina.

Para cuando me di cuenta, mi teléfono ya estaba en el fondo del agua y, al mirar atrás, vi a Rubén con una toalla tapando su cintura. Sus brazos me rodearon y, por mucho que intentaba resistirme, me tumbó en el césped. Utilizando su fuerza, me quitó la toalla que me cubría el cuerpo y retomo el masaje en mis senos mientras comenzaba un recorrido de besos que iban desde mi oreja hasta mis pezones. Comenzó a bajar, poco a poco, por el precipicio que formaban mis caderas hasta llegar al lugar donde ningún hombre había llegado antes. Todos los besos se iban cruzando en un mismo lugar. Sus manos se trasladaron, de mis pechos, a mis piernas. Comenzó a ejercer un poco de fuerza para abrirlas y ver, así, aquello que estaba deseando ser abierto. De mí no salían nada más que gemidos, pues, algo dentro de mí, deseaba acabar con aquello que habíamos empezado en la ducha. Sus labios, carnosos e inquietos, se abrieron para sacar su lengua, impregnada de pasión y deseo. Comenzó a empaparme, cerca del origen de mis miedos. Se quitó la toalla con el mismo ímpetu que había utilizado para desnudarme. A pesar de que mi mirada estaba siendo nublada por mis párpados, pude notar que su enorme miembro seguía igual de preparado que lo estaba en la ducha.

Su lengua comenzó a rozar cada una de mis purezas y, poco después, ya no hizo falta que me mojara, pues mi cuerpo había decidido tomar la iniciativa de ofrecer el lubricante necesario para que él consiguiera alcanzar su fin. Se paró frente a mis piernas ya relajadas y dejó caer una gota de saliva en su miembro. Lo esparció y se dejó caer sobre mí. Retomó su camino de besos, pero esta vez se dirigían a los labios que no paraba de morderme por la constante excitación que estaba sintiendo. No paraba de besarme mientras que, con su mano derecha, enfocaba su erección a mi volcán. Poco a poco, conseguía abrirse paso. Empezaba a notar sus palpitaciones en mí, nuestras almas se fundían en una sola. Nuestras manos se entrelazaban y sus besos, me ofrecían la cura al dolor que estaba sintiendo.

-          Sólo un poco más. — Me susurró al oído.


No le importaba si los vecinos podían llegar a vernos, esa idea, en el fondo, me excitaba. Mis manos comenzaron a tomar vida propia y se dejaron caer en sus mullidas nalgas. Comenzaron a apretarlas y a sentir su movimiento. Poco a poco, empezaba a sentirlo chocando contra mi cuerpo. Había conseguido trasladarme a otra dimensión, llegando al lugar donde nadie había logrado estar. Sus movimientos comenzaron a ganar velocidad y, con ello, mi placer no paraba de crecer.

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