Capítulo 2

agosto 23, 2017 Orfeo 0 Opiniones

Dudé mucho sobre qué hacer, no sabía en qué líos me podía meter si aceptaba esa invitación tan extraña. Ni Google era capaz de decirme ningún tipo de información sobre ese lugar. Estaba claro que no estaba en condiciones para elegir el trabajo de mis sueños; mi corazón me pedía no acercarme a ese sitio, pero mi cerebro me pedía no morir de hambre, así que lo decidí: cogí el coche y preparé el GPS para que me guiara a ese lugar.

Durante el camino pensé de todo: que si eran una banda de narcotraficantes que sólo estaban interesados en mis órganos o bien un prostíbulo que me solicitaba para cubrir la baja de una de sus “chicas de compañía”. La noche no me ayudaba a pensar, estaba lloviendo a mares y el depósito de gasolina estaba pidiendo una buena ingesta.

“Ha llegado a su destino”. Esa fue la señal que prendió mi alma en llamas. En efecto, había llegado al lugar donde mis pulsaciones no bajaban de ciento veinte. Era un edificio de unas tres plantas aproximadamente. Las paredes estaban cubiertas por cristales opacos, es decir, que, si habían decidido matarme a sangre fría dentro de ese lugar, nadie podría saberlo en unos días. Bajé del coche y fui corriendo a la puerta para evitar que la lluvia diera una imagen equívoca de mí. Por suerte, la parte exterior contaba con una cornisa que, a duras penas, me resguardaba de la lluvia. Me situé en frente a la puerta y me armé de valor para llamar al timbre. Con la velocidad que estaban tomando mis pulsaciones no me había percatado de que, encima de ese mismo timbre, había una placa que ponía algo que no me dio tiempo a leer, pues me habían abierto la puerta bruscamente.

Detrás de esa puerta me recibía una mujer de similar edad a la mía. Era rubia y su blanca sonrisa radiaba cualquier ojo humano.

-          ¡Hola! — Me saludó eufórica. — Tú debes de ser Leden. Bienvenida, sígueme.

No me había dejado ni confirmar mi identidad y ya me estaba invitando a seguirla. La cosa no pintaba bien, pero las condiciones que me rodeaban me hacían olvidar la situación en la que estaba viviendo. El interior estaba decorado con muebles de la tonalidad en blanco y negro. No había ni un solo elemento que tuviera otro color. En los pasillos por los que caminábamos, solo se escuchaban los tacones de la rubia cañón. La verdad es que sus características eran dignas de plasmar en un nuevo personaje para mi novela.

No dejábamos de caminar por los pasillos, parecían ser ilimitados. Algo dentro de mí estaba deseando dar media vuelta e irse corriendo, pero sabía que no podía marchar sin descubrir tanto misterio que se estaba expandiendo por mis adentros.

De pronto, la rubia se paró frente a una puerta de grandes proporciones. Era el único elemento de color rojo que, con poca sutileza, conseguía llamar la atención de cualquier objeto situado en la primera planta.

-          Es aquí, te dejo con el director. — De nuevo, su sonrisa me había cegado. — Mucha suerte.
-          Gracias. — Contesté rápidamente con temor a que mis pulsaciones me hicieran expulsar el corazón por la boca.

Abrí la puerta mientras el sonido de los tacones se alejaba. Justo al otro lado no parecía haber nadie. Entré cautelosa y, al ver unos sillones aterciopelados al fondo de la habitación, decidí esperarlo allí. Justo al cerrar la puerta, noté una presencia, como si algo estuviera esperando a que la cerrara.

-          ¡Bu! — Me hizo saltar del susto. — Jajajaja. Tenías que haber visto la cara que has puesto — decía mientras se reía. — Toma asiento, querida.
-          Oiga, casi… casi me mata del susto. — Le dije con el fin de recibir una disculpa, pero no la tuve.
-          Bien. — Nos sentamos en los sillones. — ¿Qué te parece? — Me preguntó señalando todo lo que le rodeaba.
-          La verdad es que tiene un despacho muy bien decorado señor….
-          Juan. Me llamo Juan.
-          Encantada. Mire, le voy a ser sincera; no tengo ni idea de qué hago aquí ni tampoco sé que clase de lugar es este. Vine porque…
-          Shhh shhh. No te apures querida. — Cambió de sillón para situarse en la segunda plaza del mío. — Me gusta darle una cálida bienvenida a todas las empleadas que llegan nuevas.
-          Mire, — su acercamiento me estaba poniendo bastante incómoda. — sólo quiero saber en qué consistiría mi trabajo para, más tarde, deliberar en mi casa si me merece la pena o no.
Tras mi intervención, comenzó a besarme. Me quedé congelada y mi cuerpo no respondía. Sus besos se deslizaban por mi cuello, dejándose caer en mi escote.
-          Oiga, Juan, no sé quién cree que soy, pero le juro que esto no es otra cosa más que un mal…
-          Shhh, sólo déjate llevar.

Comenzó a desabrochar mi camisa de rayas y su recorrido de besos se extendió hasta mis pechos. Una vez allí, no paraba de besarlos efusivamente. No cesaba su masaje en mis senos, como si buscara de mí la misma efusividad que me daba él. No podía responder ante sus actos; no dejaba de menearme de un lado para otro, manipulándome como si fuera una muñeca hinchable. Mi jefe comenzó a desabrochar su propia camisa, dejando al descubierto su torso y espalda, la cual me ofrecía un tacto con su espina dorsal que me otorgaba, al mismo tiempo, una electricidad transformada en pasión. Era esa la que comenzaba a entrar en mis adentros, como si mis principios, todos juntos, se pusieran de acuerdo para desaparecer. Así lo hice, poco a poco me dejé llevar. Cada uno de mis movimientos comenzaron a transformarse poco a poco en una lujuria irrefrenable. Cada beso que me daba, era una razón más por la que debía dejarme llevar y disfrutar de esa situación tan irreal.

Justo cuando comenzó a subirme la falda, la puerta de su despacho se abrió para recibir a esa rubia sacada de la mansión Playboy. No pareció sorprendida, de hecho, dejó unos papeles encima de la mesa y se fue del despacho como si no hubiera visto nada raro. Mientras tanto, Juan seguía igual, pero yo decidí resistirme todavía más y lo aparté de mí. Esta vez no tenía ganas de seguir con lo que estaba haciendo y quise hacer entrar en razón a sus necesidades sexuales.

-          ¡Espere, déjeme! — le dije con todo el énfasis que pude. — Quiero saber que está pasando.
-          Pues que me has puesto como una moto ¿acaso no es obvio? — Sus intenciones eran seguir manipulando mi ropa.
-          No me refiero a esto, sino a todo lo que está pasando. ¿Qué es este sitio? ¿Cómo os ganáis la vida? ¿Quién se supone que eres?
-          Está bien. — Mantuvo pulsado el botón que tenía en la mesa de los sillones. — Elisa, ven aquí. La nueva quiere empezar.
-          ¿Qué está pasando? — Le dije mientras me vestía y alisaba todas las arrugas que mi supuesto jefe había provocado.
-          No te preocupes, Elisa te explicará todo con detalle. — La puerta se abrió.
-          Dígame señor. — Dijo la portentosa rubia cuando entró en la habitación.
-          Lleva a la señorita…
-          Leden. — Respondí.
-          Eso. Lleva a la señorita Leden a su puesto de trabajo. Ya está preparada.
-          Sí, señor. — Dijo firme. — Sígueme, querida.

Y así lo hice; salí del despacho y, de nuevo, me volvía a encontrar en la misma situación del principio. Seguía por toda la instalación a Elisa y, todavía más confusa que al comienzo de todo este periplo, decidí preguntar.

-          Oye, ¿me vas a explicar en qué consiste, por lo menos, mi trabajo? — Seguía ajustando mi ropa.
-          Claro. Tu eres empleada del ala Nix de la empresa CAOS.
-          ¿Cómo? No entiendo nada. — Cada palabra que salía de su boca me confundía todavía más.
-          Mira, el edificio se divide en dos mitades. La parte derecha, se divide en dos alas, al igual que la izquierda. Los componentes del ala negra, es decir, la derecha, son Nix y Érebro. Y en la izquierda, que toma el color blanco como elemento caracterizador, se compone por Hemera y Éter.
-          Bien, pero por qué me dirijo a Nix y no a otra cualquiera.
-          Pues verás, cada ala se ocupa de una materia determinada y según hemos observado, creemos que eres la persona indicada para Nix.
-          ¿Por qué? Espera, ¿observado? ¿cuándo?
-          Ya lo entenderás con el tiempo.
-          Odio esa respuesta. Por cierto, cambiando un poco de tema… lo que has visto ahí dentro… yo no me hago mis puestos de trabajo así.
-          ¿Cómo? ¿De qué me estás…? ¡Ah! — Volvía a tener la misma cara de despreocupación de siempre. — No te preocupes, es una de las pruebas a las que somete Don Juan a las nuevas empleadas. Si te resistes lo suficiente, entiende que eres la adecuada para el trabajo.
-          ¿Adecuada? ¿Qué se supone que tengo qué hacer en mi trabajo?

-          Hemos llegado, aquí está tu nueva oficina: la habitación Nix. — Después de decirme eso, se fue con su monótono taconeo. 

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