Capítulo 1

agosto 18, 2017 Orfeo 0 Opiniones

Los clásicos no son aburridos, sobre todo si vives para ellos. Si creíais que ser bibliotecaria era aburrido, os garantizo que no lo es. Me entretengo leyendo a Shakespeare, Edgar Allan Poe, Antonio Machado, Dickens e, incluso, Fernando Pessoa.
No penséis que soy una rata de biblioteca, trabajo en una, sí, pero también hago cosas como cualquier tipo de persona: me fijo en las personas que entran día a día y si alguno me resulta interesante, me coloco estratégicamente para poder oír sus temas de conversación o ver lo que leen. No penséis que soy cotilla, sino que mi alma necesita conocer y, no quiero engañar a nadie, leer todo el día, durante siete horas seguidas, puede llegar a ser un poco tedioso, así que observar es un pasatiempos que tenía.
Se pueden saber muchas cosas sobre una persona con tan sólo ver el libro que tiene en sus manos: qué estudia, a que se dedica y saber cómo son sus personalidades.
Mi historia comienza un día en el que un hombre, joven y alto, entra en la biblioteca con un par de libros en su mano y decidido a estudiar. Tenía la planta propia del Cid y los músculos de Tarzán. Yo era una de las personas que consideraban que alguien con músculos, perdían uno de los más importantes, el cerebro.
Se sentó en la segunda fila, cerca de un ordenador y, dispuesto a estudiar con los codos en la mesa, empezó a subrayar el libro que tenía. No sé el porqué, pero me resultaba interesante ver cómo estudiaba o, simplemente, observarlo. Cada rasgo de su cuerpo me fascinaba. Su pelo había robado la tonalidad del oro y sus ojos reflejaban el color del mar en un día lleno de sol. Sus brazos, capaces de levantar a un elefante, marcaban, con mucho detalle, el color de las venas que formaban tal obra maestra.
Fue él quien me inspiro para empezar a escribir y he de reconocer que siempre tuve muchas ganas de hacerlo. Muchas veces he tenido en mente hacer una historia inspirada en la época medieval, con dragones, faunos y tritones. Nunca supe el motivo por el que no encontraba motivación. Ya tenía toda la historia en mi cabeza, sólo faltaba plasmarla en los escritos, pero nunca me decidía a hacerlo.
Cuando llegó él, algo cambió en mí. De pronto, tenía la imperiosa necesidad de escribir, pero no lo que tenía pensado desde hace mucho tiempo, sino que algo nuevo. Quería ponerme a ello, sin preocuparme de mi trabajo, teniendo como inspiración a ese hombre que cumplía perfectamente el canon de belleza clásico.
Os explico: la trama se basaba en una historia llena de lujuria, pasión y deseo, en el que las fantasías no se quedaban retenidas en el olvido, sino que tenían como obligación hacerse realidad. La protagonista sería una joven dominatrix que tenía el menester de encontrarse con todos los hombres a sus pies.
Tras un par de semanas ya llevaba más de trescientas páginas escritas con la inspiración de aquel joven que volvía todas las semanas al mismo ordenador del último piso. Un día intenté acercarme a él para saber, por lo menos, su nombre, pero siempre me saltaba el temor al rechazo. En uno de los capítulos la protagonista se había enamorado de un joven de características similares a las del estudiante.
Dentro de mí notaba que era el momento de acercarme a él y saber más de su vida o el motivo por el que venía todos los días a la biblioteca. Mi alma curiosa buscaba respuestas, pero mi timidez quería seguir refugiándose en la escritura del libro. Con la frente empapada de sudor, decidí acercarme a él; tomé, como punto de partida, una estantería situada a su espalda. Me separaban unos dieciocho pasos de hallar la verdad. Ese día la temperatura de la biblioteca era mayor que cualquier día de verano, por lo que, cada vez que me acercaba a él, podía presenciar cómo le brillaba la espalda, pues recuerdo que ese día llevaba una camiseta de tirantes que dejaba ver a simple vista sus músculos empapados de sudor. No sé el motivo, pero cada vez que me acercaba me resultaba más atractivo y no paraba de sudar. Esa espalda, trabajada por un intenso esfuerzo en el gimnasio, provocaba en mí un fuerte deseo de ver su cuerpo tal y como lo habían traído al mundo. Hubiera pagado lo que fuera por ver, en ese momento, al joven imitando al Hombre de Vitruvio reflejado por Leonardo da Vinci. A tan sólo dos pasos de él, pude ver que su mano izquierda no estaba a la vista, mientras que la derecha estaba en el ratón del ordenador. Efectivamente, mi cabeza llegó a creer, por un momento, que estaba viendo una fantasía digna de plasmar en mi libro, pero no. La realidad era que el joven aprovechaba la hora que estaba en el ordenador de la biblioteca para descubrir su sexualidad.
Al verlo, me fui corriendo a la estantería de la que había partido mi aventura. Allí comencé a meditar sobre lo que había visto y me sentía tan acalorada que decidí calmar tal deseo sexual en mi novela.
Tirada en el suelo, entre estantería y estantería, con el portátil en mis piernas, me puse a escribir con la dedicación que empleó Cervantes en escribir su obra. Recuerdo que el capítulo fue uno de los más largos que había escrito en él. Justo en el momento más importante del mismo, cuando la dominatrix había pillado a uno de sus clientes masturbándose en la cama sin su autorización, apareció mi jefa. Tras haberme encontrado, tumbada en el suelo y con mi ordenador, movió cielo y tierra para saber qué me había entretenido durante tanto tiempo para no cuidar mi trabajo.
-          Déjame ver lo que tienes en ese ordenador. — Su intención era cogérmelo de las manos, pero me opuse. — ¿No quieres enseñármelo? Muy bien, tú decides: te vas a la calle o me enseñas lo que hay en esa pantalla.
A pesar de ser una vieja resentida, mi jefa tenía buen corazón y creía que, si se lo enseñaba, me entendería y además así no tenía que decir adiós al joven que tantas fantasías estaba generando en mi cabeza.
-          Mira Fernanda, sé que puede parecer un poco encelado, pero te juro que este proyecto es sólo eso, así que no quiero que pienses que estoy deseosa por probar hombre. — Tras mi intervención, me levanté y giré el ordenador para que leyera lo que estaba escribiendo.
-          ¿Esto… esto qué quiere decir? ¿Eres una escritora pornográfica?
-          Prefiero decir que escribo literatura erótica. Además, creo que esto… — Me interrumpió.
-          ¡Cuando buscaba empleadas puse expresamente en el anuncio que las quería castas, no quería para nada a ninguna pervertida trabajando en un lugar rodeado de cultura y conocimiento!
-          Pero yo…
-          Ya puedes borrar todo lo que has escrito ahí porque me ha llegado un solo párrafo para querer quitarme los ojos y lavármelos con lejía — le encantaban las metáforas.
-          No quiero Fernanda. Creo que todo lo que he escrito puede llegar a interesarle a cualquier persona que no haya…
-          ¡Cualquier persona que quiera tener un palo en medio de sus piernas! — Las lágrimas comenzaban a caer por mi mejilla. — ¡Vete por esa puerta y ni se te ocurra volver a cruzarla!
No dije ni una palabra más, cerré la pantalla del ordenador y me fui sin mirar al apuesto joven que continuaba con su mano en la sardina, ajeno a que ya no podría continuar escribiendo la historia, sin posibilidad a contemplar cómo su camiseta marcaba sus definidos abdominales.
Caminando por la calle, quise olvidarme de todo el tiempo que había perdido escribiendo esa tontería. Necesitaba encontrar un nuevo trabajo para mantener mi casa y mi coche que me traía por el camino de la amargura.
Una vez llegué a mi casa, cambié mi mentalidad y decidí imprimir los primeros capítulos que tenía escritos para llevárselos a algunas editoriales. Quería saber si lo que estaba escribiendo merecía la pena o tal vez Fernanda tenía razón. Tal vez toda esta ilusión me serviría para utilizar en la mesa coja de mi salón.
Acudí a distintas editoriales, ninguna me dejó pasar por la puerta, supongo que mi vestimenta no era la más apropiada. Tenía que cambiar la falda de tubo por otra un poco más corta o tal vez unos vaqueros, aunque, estos últimos, marcaban demasiado mi figura.
Decidí tirar los impresos por el puente que conectaba con una de las calles menos pobladas de la ciudad. Tenía la esperanza de que el viento y la lluvia ejercieran su función de deshacer ese desastre que había creado.
Pasaban las semanas y no encontraba ningún trabajo capaz de asimilar mi currículum; tenía la licenciatura del grado en Humanidades y eso, en los tiempos que corren, ya no se valora. Demasiada cualificación para esta ciudad carente de cultura. Aquí sólo se buscaba experiencia en la manicura y en cómo utilizar los libros para decorar las estanterías de la casa.
Justo cuando pensaba ir a la biblioteca a rogarle a Fernanda que me diera otra oportunidad, una carta cruzó el hueco que había en mi puerta. En ella aparecía un mensaje que me instaba a acudir a una dirección. Allí, textualmente, buscaban a una persona “como yo”. Nunca había oído nada de esa dirección, estaba en la otra punta de la ciudad y supongo que el sueldo se me iría en la gasolina y en la hipoteca, pero prefería eso antes que seguir mi plan: alimentarme de las humedades que ofrecían las esquinas de mi casa.

Mi cuerpo se quedó atónito y decidí acabar con las pocas reservas de helado de chocolate que me quedaba en mi congelador. Siempre me ayudaba a pensar.

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