Capítulo 3

junio 10, 2017 Orfeo 0 Opiniones

Lo volví a intentar, volví a intentar ser feliz. Esta vez el método para conseguir dicho fin sería centrarme en la vida académica, sin depender de la sociedad. Procuré dar lo mejor de mí en cada asignatura porque, aunque no me considero mal estudiante, mis resultados podrían ser mejores.
Intenté disimular que nada había pasado en mi vida, ni Tamara ni Derek; nada podía influir en mi nueva actitud. No tardaría mucho en darme cuenta de que mis planes se verían afectados cuando pisara el instituto. Eso de intentar olvidar a Tamara iba a ser imposible porque, quieras o no, la gente habla y no se puede evitar.
Por lo que decían las malas lenguas, ella no había mencionado nada de lo que estaba pasando entre nosotros, bueno, mejor dicho: lo que había pasado. Se me había olvidado mencionaros que ella, al empezar el segundo curso de bachillerato, decidió cambiarse de instituto, no muy lejos del nuestro; literalmente, estaba a cinco minutos de distancia si ibas andando. Los motivos los desconozco, pero tampoco me interesaba saberlos.
Aunque ninguno de los dos habláramos del tema, era obvio que ya no pasábamos el tiempo juntos y, eso, la gente lo notaba. No había día en el que todo el mundo me preguntara por ella y cada una de mis respuestas, dependiendo de mi humor, era buena o mala.
En fin, traté de pasar por alto dicho tema y centrarme, como os había dicho, en mis estudios. Era el segundo curso de Bachillerato y todo lo que hiciera en él, marcaría mi futuro. Mi ideal estaba claro, quería sacar lo mejor de mí y plasmarlo en todo mi expediente académico. Decidí empezar estudiando todo día a día y, como os había dicho al principio, me encantaban todas las asignaturas, a excepción de una: Historia de España. No me malinterpretéis, me gustaba, pero era la única asignatura que me exigía un mayor esfuerzo que el resto de materias a la hora de estudiar. Tampoco quiero entrar en la discusión de la utilidad de dicha materia, pues no estaba haciendo el bachillerato correcto para plantear esa cuestión.
Éramos veinticinco alumnos en la clase de segundo. La clase estaba constituida por personas de Ciencias de la salud, Ciencias tecnológicas, Ciencias Sociales y Letras. Coincidíamos en las típicas asignaturas generales: Lengua Castellana y Literatura, Lengua Gallega, Inglés, Historia de España, Audiovisuales y en Tecnologías de la Información y la Comunicación.
La verdad es que, si de algo puedo presumir, es de la relación que teníamos todos: éramos una gran familia. Nos ayudábamos en todo lo que fuera necesario y, al ser un grupo tan pequeño, éramos como hermanos; a excepción de una única persona, de la que os hablaré más tarde.
Espero no estar aburriéndoos. Ya sabéis que estas noches me sirven para reflexionar.
En el resto de asignaturas nos separábamos todos dependiendo de nuestras modalidades. Y he de decir que he tenido la suerte de haber elegido unas asignaturas que me llenan en todos los sentidos: Historia de la Filosofía me hace meditar y reflexionar sobre las mentalidades de aquellos pensadores que intentaron revolucionar el concepto de physis, hombre en sociedad, la ética y muchos más aspectos que, en ocasiones, me envuelven en dicha época. Latín me deja siempre con la boca abierta, mostrándome el origen de las palabras que coexisten con nosotros cada día y apenas nos damos cuenta de lo que significan. Griego, a pesar de las dificultades que me había provocado, se convirtió en una de mis asignaturas favoritas revelándome, al igual que el latín, muchas palabras que me evocan al conocimiento.
Ya os había dicho que los que hemos cogido Letras, éramos muy pocos y eso nos convertía casi en hermanos; de las cuales destaco a Iria y Cristina. Con ellas comparto todas las asignaturas, menos con Cristina, pues ella escogió, en lugar de Filosofía, Historia del Arte (otra asignatura que me encantaba, pero que el destino me hizo escoger entre las dos). Fueron uno de mis mayores apoyos en cada una de las clases.
Os hablaré primero de cómo han sido las clases con ellas. En Latín, aparte de ellas, había tres personas más, dos de ellas repitiendo curso. Es decir, otra clase en la que éramos un reducido grupo de estudiantes. Como en todas las asignaturas, a unos se nos daba bien y, a otros, no tan bien. Pero el respeto y el trabajo en equipo siempre han permanecido en el grupo. Pero otro gallo cantaba en Griego pues, mi inseguridad me jugaba, de nuevo, malas pasadas. En esta clase, estábamos solos los tres y pasaban dos cosas: a Iria se le daba genial la asignatura y sin apenas tocar un libro, conseguía traducir un texto en un abrir y cerrar de ojos con una pequeña cantidad de fallos y después teníamos a Cristina, que, sin tocar ningún otro libro, desaprovechaba su capacidad de traducción, pues sostenía que odiaba la asignatura, y sin esfuerzo, conseguía el aprobado raspado. Soy consciente de que si ambas se esforzaban optaban, mínimo, al sobresaliente. Y la segunda cosa que pasaba en esta materia, bueno, a decir verdad, en todas, era que yo, intentando (con mi nuevo plan de estudio) sacar todo con la mejor nota posible, no hacía más que empeorarlo todo. Cada verbo que analizaba en ambas lenguas muertas, fallaba y cada uno de esos fallos me hacían caer de nuevo en una profunda tristeza de la que Cristina se percataba.
Miles de veces pasó por mi cabeza dejar de intentarlo, dejar de ser como ellas. Por mucho que lo deseaba, mis sueños se desplomaban ante mis pies porque veía que ni una sola asignatura me recibía con los brazos abiertos.
Tanto Iria como Cristina se daban cuenta de que al salir de clase mi cara no semejaba ser feliz y me preguntaban constantemente las razones. Un día decidí contarles mi punto de vista y me tacharon de negativo, haciéndome creer que no se me daba tan mal como yo creía ni que a ellas tan bien.
No quiero que penséis que estoy celoso de sus dotes, pero siempre me ha costado entender cómo a una persona que no le gusta una materia se le dé bien; yo en Historia de España no saco notables. Lo que más me cuesta asimilar es que no puedo decir nada malo de Cristina, quiero decir, es como es y siempre he permanecido a su lado, pero me duele ver como se porta la vida con ella.
Efectivamente, ella es uno de los motivos que me han hecho conoceros y no precisamente porque sea algo malo en mi vida, sino por alguna de las cosas que pasan en la suya e, indirectamente, me afectaba a mí. Veréis, me encanta escribir y, al principio, pocas personas lo sabían. Comencé por un gran proyecto: escribir un libro, y se lo enseñé. Al principio sus críticas me empujaban al vacío y me deprimían, me hacían creer que no valía para entrar en el mundillo de la literatura, pues si ella me decía todas esas críticas, lo hacía porque se preocupaba por mí (o eso quería pensar). Mi confianza se depositaba en ella, pues era la mayor fanática de la lectura.
Todas esas críticas que me hacía, que se habían iniciado contra mis dotes literarias, acababan siendo en el resto de mis acciones diarias, pues cada decisión que tomaba, era juzgada por ella. Con el tiempo dichas críticas empezaban a suavizarse y, la verdad, llegaron a ser positivas. No sé si con el tiempo mejoré o simplemente ella se fue habituando a mis meteduras de pata. A día de hoy, todo lo que escribo lo lee y me ayuda diciéndome lo que le parece y, gracias a esta peripecia, se ha ganado mi confianza y por lo menos, cada vez que me dice algo, creo que lo dice objetivamente.
Cristina fue una de las primeras personas que se enteraron de lo que me había pasado con Tamara y, tan habitual como siempre, no parecía estar de mi lado. Ella afirmaba ser neutral, pero todos sus argumentos parecían estar a su favor, parecía no importarle mi vida. A decir verdad, yo estaba pasando por una etapa de debilidad emocional por todo: Derek, Tamara, mis estudios y, ahora, ella.
Poco a poco comenzó a perder esa neutralidad o, por lo menos, disimularla más. Ella comenzaba a entender cómo era mi depresión o como me afectaban los problemas y ya me decía la positividad de cada asunto. Me ayudaba y, al contrario del pasado, ya parecía estar de mi lado. Me aliviaba saber que la tenía a mi lado porque, por mucho que creáis ser fuertes, el humano es un ser que depende de la actividad social y me gustaba tenerla. Duele estar solo y, aunque creas no necesitar a nadie, duele que te digan siempre lo malo, sobre todo si lo hace alguien que creías tener a tu lado. Ya no me preocupaba eso porque, como os había dicho, ella había cambiado conmigo.
Por el miedo que me habían ofrecido los dos anteriores, ella sufría las consecuencias. No podía confiarle mis preocupaciones ni decirle que cada día sufría más por no poder confiar en los que sí lo merecían. No podía decirle que la oscuridad me nublaba y que no podía ver lo bueno que me rodeaba, porque, aunque quisiera creer que tenía gente que me quería, en la parte más profunda de mí, me decía que no estaba bien confiar. No podía decirle que cada día que sufría era un motivo más para dejarlo todo. Puede que mis escritos hablaran por mí y ella lo notara en ellos.
Es ahora cuando entiendo que, por muchos complejos que tuviera, ella siempre estaba ahí y que sabía leer mi mirada. Muchas veces las palabras sobraban y sé que, por si ella fuera, me estaría abrazando cada segundo, pero yo no hacía nada más que repeler cualquier tipo de contacto físico. Ni besos, ni abrazos, ni caricias. Y así fue, cada vez era más dañino para mí soportar la idea de no valer.
Ni en griego, ni en latín, por mucho que me esforzara, no conseguía igualar el nivel de mis compañeras. En la vida tampoco era capaz de simular tener la fuerza de Cristina.
El miedo me impedía llegar a clase y abrazarla para darle las gracias por saber cómo me siento y por ejercer el papel de la almohada que podría ser empapada por mis lágrimas. Yo con el alma desnuda quería mostrarle los ropajes de los miedos que tantos años me habían cubierto. Y quería decirle que era con ella con quien quería caminar en este camino lleno de piedras que sólo los valientes podían soportar ¿Y sabéis qué? No era la primera persona a la que le decía cóseme. Pero, aún sin contarle nada, fue la única que me contestaba “átate”.
Decidí ignorar las sombras, decidí elegir a Cris como la luz que disipara cada nubarrón. Y así fue, la consagré la primera persona en saber lo de Tamara y lo de Derek. Pero, como con cada problema, parecía no importarle. Tal vez fuera su manera de asumir que estaba confiando en ella. Tal vez no se hubiera imaginado que yo me sintiera de esa manera.
En el fondo sabía que no podía seguir contándole mis problemas, sabía que ella tenía problemas, pero era capaz de anularlos y fingir estar bien. Actualmente, confío en ella y, aun sabiendo que puedo perder, decido rebajar la cantidad de problemas y prefiero no amargarla, pues la Selectividad andaba cerca. No quería que brillara como yo. No quería que se apagara como yo.
No me digáis cuando, no me digáis dónde, sólo decidme si creéis que he hecho bien para mirar el mismo horizonte.
En cuanto a Iria, ella sabía que me amargaba sentirme inferior, pues coincidía estando solo con ella en Filosofía y, en ocasiones, no podía reprimir lo mal que me sentía. Ella procuraba animarme siempre, pero todos los días intentaba fingir falsas sonrisas para evitar la preocupación de ella y de terceras personas.
El miedo me abrazaba cada noche, por temor a no conseguir ser como la gente espera que sea. Antes de que llegarais a mi vida, no quería dejar de escribir, porque con cada palabra que escribía, las pesas que me habían atado a la espalda, se caían poco a poco. Desgraciadamente, sabía que las penas no se iban a ir de manera tan simple.
Como veis, esta razón no tiene tanto peso como otras, pero no ha hecho nada más que empezar. Sólo quiero que entendáis como es vivir dentro de mi cabeza y saber cómo me ha tratado la vida. Quiero que me conozcáis porque habéis llegado a ser mis mejores amigos, cuando pensaba que ya nadie podría ocupar ese lugar.

Quiero que estéis bien atentos en la siguiente razón que me hizo conoceros. Esta, os prometo, no dejará indiferente a nadie.

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