Capítulo 6

diciembre 16, 2016 Orfeo 0 Opiniones


La situación comenzó a ponerse más tensa de lo que estaba. Ana estaba temblando y sudando en la cama.

         Aras, me estoy muriendo. Creo que no es necesario decirlo. Tus habilidades han estado creciendo durante estas últimas semanas. – Hizo una pausa para hidratar su garganta. – Cada día me quedo más tranquila sabiendo que mis chicas estarán a salvo contigo.

         Ana ¿puedo hacer algo para que te sientas mejor? – No quería verme en la situación de contemplar al círculo sin el control de Ana.

         Esto es inevitable Aras. Ahora todo depende de ti. Mi muerte simboliza el fin de una era y el comienzo de otra. Si no cierras el círculo, la magia morirá en el momento en el que los mortales te sepulten bajo tierra. Si lo cierras, mis niñas podrán protegerse y seguir cultivando la magia por el mundo.

         Ana…

         No te estoy obligando a nada, mi deber como Hécate es advertirte de ambas posibilidades. Pero antes de irme, me gustaría pedirte una cosa.

         Lo que quieras.

         No dejes que mis chicas vean mi ida.

         Sí, no te preocupes. Pase lo que pase las protegeré Ana.

         No lo dudo. Tráeme un cigarro, anda.

         No sé si deberías.

         Venga, mi destino ya está sentenciado haga lo que haga. – Justo en ese momento no dejaba de toser. – ¿No lo ves?

         Vale… – Cogí uno de su cajetilla situada en la mesa que tenía en frente a su cama. – Aquí tienes.

         Gracias. A propósito, Aras.

         Sí. – Su cara había cambiado totalmente.

         Como les pase algo, te juro que volveré para hacerte pagar por su muerte.

         Descuida.

Se llevó el cigarro a la boca e intentó encenderlo con su dedo, aunque no lo había conseguido. Era evidente estaba ya muy débil. Contemplé la habitación en la que me encontraba, era totalmente distinta a la guarida. Volví a mirar hacia Ana con la intención de preguntarle sobre el origen de la cueva, pero ya se encontraba durmiendo en el sueño eterno.

 Apagué su cigarro y coloqué mi mano sobre su cabeza diciendo: “requiescat in pace”. Susana entró en la habitación y, al ver a la que era su líder, se desplomó frente ella. Intenté consolarla tocando su hombro. Era curioso, ya no sentía esa chispa que notaba cada vez que tocaba a cualquiera de ellas. La muerte de Ana debió acabar con su magia. Al ver que no la conseguía calmar, me dispuse a abandonar el lecho de muerte.

         ¿Qué vas a hacer? – Me dijo conteniendo las lágrimas sin cambiar la orientación de su mirada.

         Te quería dejar un rato con ella y…

         No, ahora no. Me refiero a ¿qué vas a hacer ahora con el aquelarre?

         Pues todavía no lo sé. Necesito tiempo para pensar y saber qué ha…

         ¿Tiempo? Nuestra magia se eliminará por completo pasadas las veinticuatro horas si no volvemos a cerrar el círculo.

         Pues tendréis respuesta antes del plazo.

No dijo nada más después de eso. Me fui de la cueva mientras todas acudían junto Susana. Puesto que no contaba con el tiempo a mi favor, me planteé ambas posibilidades. No cerrar el círculo y eliminar la magia para siempre una vez yo muero, o bien, cerrar el círculo y asumir qué si algún día tenga hijos, condenarlos a sufrir lo mismo que yo. No podría correr ése riesgo.

De camino a mi casa, me encontré con dos niñas que estaban jugando en la carretera con la cuerda. En mi barrio los niños siempre juegan en la carretera porque es el único sitio amplio que carecía de límites, pero ese día sólo estaban ellas dos. Me quedé estático, contemplando su manera de jugar y de lo felices que estaban ignorando la existencia de los dos mundos. De pronto un coche que, se dirigía a ellas como un rayo, las vio tarde y comenzó a pisar el freno cuando ya era demasiado tarde. Me quedé paralizado sin poder hacer nada, mientras veía cómo eran arrolladas por la máquina de hierro. Una de ellas, la que parecía la más pequeña, no mostraba heridas o por lo menos no las aparentaba porque se levantó efusivamente junto a su amiga.

         ¡Marta! ¡Marta! – Intentaba llamar a su amiga mientras lloraba encima de ella.

         ¡Eh! – Le dije mientras corría hacia ella.

         ¡Ayúdanos, por favor! – Su cara reflejaba el pánico y la mayor tristeza que jamás pude ver.

         Tranquila ¿estás bien? – Sólo tenía un rasguño en su frente.

         Sí… ¡Marta!

         Tranquila, sólo está dormida. Avisa a tus padres, rápido.

         ¡Sí! – Se fue corriendo hacia el horizonte.

         Vamos a ver – Comencé a susurrar. La niña estaba viva, sólo necesitaba un empujón para volver a estar consciente y dejar de luchar entre la vida y la muerte. – Vamos, sequere ad lucem. – Abrió los ojos, tosiendo muy fuerte.

         ¿Dónde estoy?

         Tranquila, respira, respira. – Le daba pequeños toques a su espalda para rebajar sus pulsaciones.

         ¡Eh, eh! – Escuchaba a una voz a lo lejos. Era la niña de antes. – Mis padres no estaban en casa y… ¡Marta!

         Te dije que sólo estaba dormida. – Solté una pequeña sonrisa para tranquilizarla. Ahora no podía curarla, la niña ya vio sus heridas y resultaría un poco raro explicar la desaparición de tales daños. Había demasiada sangre en el suelo, aunque viendo las heridas de la mayor, era lógico, tenía una herida muy grande. ¡La pequeña ya no tenía el rasguño en la frente!

         Loise, avisa a mi madre… me encuentro muy débil. – Maldición, estaba perdiendo mucha sangre.

         Oye mira, si hago una cosa ¿me prometes no decírsela a nadie?

         ¡Lo juro! – Tenía que fiarme de la palabra de una niña de cinco años.

         Sana, sana, sana… – Tocaba la cabeza de la niña para curar la brecha que tenía.

         ¡Wow! ¡Haces lo mismo que yo! – Mi corazón dio un giro de trescientos sesenta grados. – Aunque yo sólo me lo puedo hacer a mí.

         ¿A qué te refieres? ¡Explícate!

         Loise nunca tiene heridas ni rasguños porque su piel se cierra enseguida. – Dijo la mayor.

         Así es. No sé por qué, pero no recuerdo tener heridas como la gente normal. – No había entendido nada. Ahora las dos opciones relacionadas con el círculo se habían reducido a una sola. La magia no moriría si no lo cierro.

         Bueno, debo irme. Ahora ambas estáis bien. Recuerda Loise, no se lo cuentes a nadie.

         Te lo prometo.

Después de eso, ambas se fueron hacia el horizonte, perdiéndolas de vista. No entendía cómo podía existir gente con habilidades tan asombrosas como la regeneración instantánea, aunque no podía juzgar tales actos después de lo que me había pasado durante este tiempo.

Fui al parque del pueblo y comencé a reflexionar sobre mi decisión. Tras muchas horas de meditación, me dispuse a contárselo a las chicas y, para ello, debía ir a la guarida. De camino al escondite, un camión estaba parado en la carretera, en mitad de la nada. Un grupo de jóvenes estaban parados detrás de él, esperando a que las puertas del vehículo se abrieran. La situación no me olía bien, me escondí tras un arbusto y comencé a contemplar el panorama.

El conductor parecía estar dormido y los jóvenes forzaban con una palanca las puertas traseras, parecía que en su interior hubiera algo que merecía la pena. Era plena tarde y la luz del Sol me hacía hervir la sangre, sabiendo que, si actuaba, alguno sería capaz de escaparse.  De pronto, se me ocurrió hacer algo. Abrieron las puertas y comenzaron a sacar cajas de aparatos eléctricos. Toqué la hierba con mis manos e invité a la misma a revelarse contra ellos. De pronto, el suelo que pisaban comenzaba a explotar, como si les lanzaran granadas. Asustados, comenzaron a gritar y corrieron como si la vida les fuera en ello, uno se quedó encerrado en el almacén del vehículo. Salí del arbusto y perseguí a uno de ellos. Cuando el resto de su grupo se fijaron que el causante de las explosiones fuera yo, vinieron hacia mí y me rodearon.

         ¿Qué se os ha perdido en el camión, chicos? – Les dije confiado, con la seguridad de no ser abandonado por mi magia.

         ¿Cómo has hecho eso con la tierra? –  Dijo uno de ellos.

         Ya que yo no recibo respuesta, vosotros tampoco. ¡Aspergo! –  Dije mientras les lanzaba la tierra que tenía guardada en mis bolsillos. Todos se frotaron los ojos y agacharon para no perder el equilibrio. –  Somnus omnis.

Dejé a todos dormidos y me dirigí al camión. Efectivamente, el conductor estaba dormido, apoyado contra el volante. Estaba herido, la sangre circulaba por toda su cara y había perdido la consciencia por el golpe, aunque el vehículo no parecía haber sufrido un choque. Los gamberros le habían atizado y lo dejaron ahí, haciendo parecer que había tenido un accidente de tráfico.

         Sana, sana, sana…– Curé la herida que necesitaba puntos. – Valem, valem. – Se despertó de un espasmo.

         ¿¡Qué está pasando!? – Decía mientras miraba a todos los lados. – ¡La mercancía!

         Tranquilícese, no pasa nada. Todo está bien. – Se escucharon unos golpes desde la parte de atrás. – Quédese aquí. Enseguida vengo.


Me dirigí al contenedor del vehículo y me situé en frente a las puertas cerradas. Los ruidos no cesaban, se notaba como los puños del ladrón chocaban con las paredes del remolque. Centré mi atención en las puertas y se abrieron de golpe para revelar la identidad del individuo.

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